viernes, 4 de junio de 2010

Su cuerpo se movía sibilante. Sus caderas fluían haciendo que el aire vibrase alrededor de su esbelta figura. Los bucles dorados de su cabello se meneaban sinuosos al compás de la música imaginaría, revolviéndose contra sus pálidos hombros. A través de una ventana penetraba un tímido rayo de sol que arrullaba su cuerpo tornándolo de un tono melifluo. Le encantaba esa sensación de calor inundándola allá donde el sol la tocaba. Notó una mano ascendiendo por su pierna, rozando su rodilla y se rió con una cascada de pompas argénteas recorriéndole la garganta. Una amplia sonrisa iluminó sus labios carmesíes. Con delicadeza apartó la pierna de la mano captora, pero ésta se agarró más fuerte haciéndole caer. Con una exclamación ahogada, Natalia se dejó tirar encima del regazo de su espectador y se echó a reír. Notó cómo la mano ajena ascendía por dentro de su camisa y se mordió el labio. Sentía cómo un volcán estallaba en su alma, se sentía caer siendo ella gravedad, se sentía dueña de su futuro y su pasado. Se sentía feliz. Tal era el cúmulo de sensaciones que no se había dado cuenta de que había empezado a susurrar estúpidas palabras de amor.
-Hostias, Natalia, ¿por qué no vamos a joder los amortiguadores de mi coche un rato?-dijo él mientras la elevaba en volandas.
Natalia rió y dejó que las estrellas que sentía en su interior inundasen las cuatro paredes que dejaban atrás.

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