domingo, 30 de mayo de 2010

Se miró frente al espejo e intentó sonreír pero no pudo. La piel estaba lívida y en algunas partes de su dulce rostro, amarillenta. Sus ojos zarcos miraron al infinito perdiéndose en su propio reflejo. Sintió que se llenaban de lágrimas cristalinas y parpadeó para retenerlas. No quería llorar. No podía llorar. Tenía que parecer fuerte, que seguir sonriendo como si nada fuera a cambiar y todo siguiese igual. Se mordió el labio y distinguió en el reflejo del espejo una silueta familiar difuminada por las lágrimas. Enfocó la vista en el fondo del lavabo de mármol blanco y se echó a llorar. Millones de convulsiones recorrían su cuerpo estremeciéndola de una amargura con la misma rapidez con la que sus lágrimas brotaban de sus ojos. Tenía la garganta cerrada y un regusto a sal le llenó el paladar. De pronto, notó que unos brazos cálidos le rodeaban el cuerpo y se sintió mejor pero no dejó de llorar. Necesitaba llorar. Las lágrimas le limpiaban a hostias la pena del corazón. Enterró su cabeza entre sus brazos y chilló de impotencia entre lamentos. De fondo, el espejo devolvía la imagen de una pareja abrazada, él acariciaba su cabeza desnuda y ella lloraba... Él le susurraba palabras de aliento y cariño y ella sólo repetía incesantemente el mismo vocablo: cáncer.

jueves, 27 de mayo de 2010

"Llámame cuando llegues a casa, te amo." La voz era dulce y melodiosa, quizá con cierto deje sobreprotector. Ella sonrió al escucharla y dejó el bolso en el sofá, como tantos otros cansados días de trabajo rutinario. Encendió el televisor en un canal cualquiera y se dirigó hacia la cocina mientras marcaba el número de teléfono. Se apoyó contra una pared cualquiera que contrastaba con su piel bronceada uniformemente. Comenzó a jugar con un mechón suelto de su pelo negro azabache, enroscándolo cual lazo de seda en su dedo al compás de los timbres telefónicos. Suspiró cuando le saltó el buzón de voz y, mientras se mordía el labio de frustración, mintió diciendo que no estaba preocupada y que acababa de llegar a casa. Depositó el teléfono sobre la fría encimera y se marchó al dormitorio. De fondo, resonando en la televisión, sólo se oía a un tipo cualquiera en una cadena cualquiera dando cualquier noticia sobre un atentado cualquiera en el que había muerto una chica... Que no era cualquiera.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Sus cabellos revoloteaban danzarines a su alrededor, golpeándoles con fuerza las mejillas. Las ventanas se hallaban empapadas de vaho, que empañando los cristales impedían ver el exterior. Mas aún así se percibía la lluvia golpeando con fuerza el suelo. Diminutas gotas de agua resbalaban contra los cristales como lágrimas suicidas arrojándose al vacío. Las paredes estaban deslucidas y frías empero sus cuerpos estaban vivos y calientes. Las respiraciones iban desacompasadas y se entrecortaban con incesantes jadeos salvajes entremezclados con suaves palabras de cariño. Sus cuerpos se enlazaban en un eterno baile. Y, a fuera, la lluvia se follaba a los árboles.

martes, 25 de mayo de 2010

Las paredes de la habitación se hallaban iluminadas por la cálida luz del ocaso dándole un tono amarillento a la estancia. Diminutos rayos de sol se reflejaban en la bola de cristal lanzando destellos espejados a los muros llenos de fotografías variopintas, algunas anticuadas y otras tan recientes que se podía sentir el momento. Una música sonaba fuerte detrás de la puerta de madera, ésta se abrió dejando paso a un chaval que entró canturreando la canción. Las gotas de agua se deslizaban por su torso desnudo a la par que una nubecilla de vapor salía de la puerta. Se miró frente al espejo y se despeinó el pelo castaño haciendo que unas minúsculas gotas acuáticas impregnasen la pared y el espejo. Sonrió a su reflejo y se dirigió al armario, buscando qué ponerse. Hoy era tarde de domingo y tocaba fiesta… Como todas las tardes de su vida.

lunes, 24 de mayo de 2010

Los muelles del colchón repiqueteaban con su peculiar sonido por toda la habitación al compás de una agitada respiración a menudo entrecortada por su risa. Natalia era feliz y millones de burbujas plateadas inundaban su voz cuando se reía a la vez que unos tímidos rizos se convulsionaban frente a sus ojos. Con el sonido pesado de su cuerpo estampándose contra el colchón cesaron los muelles. Sin embargo, su risa ascendió melodiosa empapando la casa entera. Con un bufido de resignación se apartó de un soplido el mechón de su pelo que descansaba sobre su nariz. Joder, qué cansada estaba y eso que no había durado más de diez minutos… Se incorporó sobre la cama, ahora desecha, y comenzó a colocarse bien el pelo. Odiaba que le despeinasen, especialmente si era el viento, le daba una rabia tremenda. Suspiró de nuevo y se miró frente al espejo, aún desde la cama. Se mordió el labio y se levantó de la cama. Esbozó un pequeño gruñido y miró su cama, deshecha por completo. Se rió de nuevo y negó con la cabeza. Salió de su habitación cantando una melodía y se dirigó al baño. Una ducha nunca estaba mal después de saltar un rato en la cama. Cosa que Natalia, como cada domingo, había hecho.

domingo, 23 de mayo de 2010

Prólogo

Amanece y miles de vidas comienzan su trabajo. Algunas son pequeños puntos fluorescentes en mitad de la noche; otras, son trocitos de carbón entre la blanca nieve. Algunas ríen con unas copas de más en su cuerpo; otras, lloran por aquel ser extrañado. Algunas cantan en mitad de la calle; otras sueñan en silencio. Algunas, follan descontroladamente contra una pared; otras callan sus huesos entre colchones encendidos de amor. Todas sienten. Todas aman. Todas lloran. Todas ríen. Todas hablan. Todas callan. Todas sueñan… Todas viven.