jueves, 24 de junio de 2010

-Ella siempre tenía una sonrisa en la boca y un recuerdo en el corazón. En sus ojos brillaban dos luceros con la fuerza del mismo Sol... Con sólo oír su voz ya te sentías bien, era especial. La veías y sabías que algo iba a pasar. Tenía la fuerza de un huracán encerrada en el cuerpo etéreo de una nube. Le encantaba bailar bajo la lluvia y tirarse al sol sólo para ver cómo su piel se volvía dorada. Sin duda, era fantástica. Cuando caminaba a tu lado no parabas de mirarla y encima olía tan sumamente dulce que se te hacía la boca agua. Tenía esa voz tan angelical... Tenía esos andares tan femeninos... Tenía esos labios tan bonitos y esa sonrisa que te obnubilaba que te sentías impotente si no la besabas. Sé que no son cosas apropiadas para decir en un momento como este, y menos en un sitio así, con todos vosotros delante… Pero sé que le hubiera gustado. Aunque, ella, hubiera preferido que dijese que tenía un cuerpo de escándalo, unas curvas perfectas y un polvo encima que no se lo quitaba ni dios. Perdón, no he que… En realidad, sí he querido decirlo. Lo he dicho, y me da igual lo que piensen. Ella era así, no le hubiera gustado que estuviesen llorando. Querría que esto fuera una fiesta, una gran fiesta. Querría que la policía hubiera llamado por armar jaleo, porque la música está demasiado alta y se escuchan ruidos raros. También le hubiese gustado que hubieran venido alegres, no con esas caras que parece que se les acaba de morir al…-respiró profundamente dándose cuenta de lo que estaba diciendo.-Tenía tanta vida por delante.
Dio un paso adelante y bajó del atril entre lágrimas y sólo una mujer del público aplaudió. Llevaba razón, no le hubiera gustado verle así…

martes, 22 de junio de 2010

Se sentó encima de la mesa aguardando a que entrase por la puerta un milagro. Un milagro con tacones de diablo y nombre de pecado. Ya se la imaginaba como una diosa de oro meneando sus jodidas caderas. A veces pensaba que podría alimentarse sólo con mirar su contoneo. Simplemente de pensarlo se aceleró su respiración. Sin embargo unos chillidos inhumanos le sacaron de su volátil sueño. Saltó de la mesa abriendo la puerta en el mismo instante y recorrió los pasillos acrílicos casi volando hasta que se topó contra una maraña de rizos que golpeó violentamente su pecho entre chillidos. La cogió de las muñecas intentando ser sutil. El ovillo alzó la cabeza con los ojos llenos de lágrimas y profirió otro chillido. Era su milagro disfrazado de maldición. Joder, joder, joder... ¿Qué cojones había pasado?

sábado, 12 de junio de 2010

Comenzó a peinar el pelo negro cuidadosamente, haciéndolo lo mejor que podía. Colocando cada mechón en su sitio. Fulminó el cabello con bote y medio de laca, todo en su sitio, todo perfecto. Cogió aire y se colocó la peluca sobre su cabeza desnuda, colocándosela en su sitio, ideal. Se miró al espejo y se mordió el labio. Parecía natural, su propio pelo. Se colocó bien las puntas y comenzó a maquillarse lentamente, queriendo que el tiempo se escurriese entre sus dedos, anhelando que se le fuera el autobus o que su madre se pusiera enferma. Acabó de taparse las ojeras y suavizar su blanca piel con corrector. Se colocó la ropa y comenzó a caminar lentamente hasta la salida, cogiendo la mochila de camino a la puerta. Cogió aire un par de veces antes de abrirla y divisar como de costumbre la melena rubia de Natalia. Esbozó su mejor sonrisa y caminó junto a ella. Comenzó la típica conversación con un hola seguido de un qué tal que fue respondido con un bien para dar paso a un Natalia me estoy mareando y acabó con una Verónica tirada en el suelo.

jueves, 10 de junio de 2010

Cruzó la puerta del local y una bocanada de aire fresco le dio de lleno en la cara. Sonrió al escuchar la campanilla de la puerta cerrarse y avanzó con aire dulce hasta el mostrador. Se dedicó a contemplar un rato los helados con gesto pensativo auqnue ya sabía de antemano qué iba a pedir. Se mordió el labio y sonrió a la dependienta diciéndole lo que deseaba. Cogió la tarrina con las dos manos, acunándola como si fuera un niño chico, y se dirigió hasta una mesa pegada a la cristalera. Se sentó y comenzó a mirar a la gente por la ventana, viéndola pasar mientras revoloteaba sus dedos sobre el helado, jugando con el frío que despedía. Apoyó la mejilla en la mano y se dedicó a imaginar las vidas de la gente que pasaba. Todas insulsas y vacías. Ya le podría pasar algo interesante, jo. Resopló y miró el dulce de leche que yacía en el cuenco de cartón. Colmó la cucharilla de helado y sopló antes de introducirlo en su boca. Era una estúpida manía que tenía desde que era niña, le gustaba hacerlo por alguna extraña razón y lo mejor era que no sabía por qué. Mientras el helado reposaba derritiéndose en su boca, su mente reposaba en las largas piernas de un chaval que cruzaba la carretera. Su mirada se detenía de hito en hito en el cuerpo del muchacho hasta que sus miradas chocaron. Ella dejó caer la cuchara sobre la mesa y él dejó caer su corazón hasta sus pies. Se dice, que aquel día, hubo un diluvio universal.

martes, 8 de junio de 2010

Salió a correr. La sudadera gris no impedía que las gotas de agua la calasen hasta el corazón. Cuando corría se sentía libre, aislada de todo mal, pero hoy no. Su respiración aumentaba a medida que sus pies echaban a correr más rápido. Sintió una punzada de dolor en el costado y notó cómo las lágrimas recorrían sus mejillas. Se quedó sin aire. Necesitaba respirar. Se dejó caer de rodillas contra el frío asfalto. Sentía un millón de cristales arañándole la garganta intentando arrancarle un suspiro desesperado o una lamentación amarga. La lluvia le lamía la ira a lametones, apaciguándola cual mar en calma. Dio con las manos en el suelo y tras pasar un rato notó cómo le ardían. Comenzó a respirar con más fuerza. Un diminuto –casi inexistente– reguero de sangre tornó de su mano entremezclándose con la paulatina lluvia. Rojo sobre gris. Quién diría que el color que llenaría hoy su vida sería el de su propia sangre. Suspiró, recuperando poco a poco la respiración, sintiéndose calmada mas sus ojos rebosaban aún su propia lluvia. El corazón le seguía doliendo impasivo. Con cada latido, un nuevo recuerdo le abría una brecha en el corazón. Con cada respiración, sus manos temblaban. Con cada pensamiento, temía hacerse pedazos. Libertad se sentía enjaulada, presa de sus propios sentimientos.

viernes, 4 de junio de 2010

Su cuerpo se movía sibilante. Sus caderas fluían haciendo que el aire vibrase alrededor de su esbelta figura. Los bucles dorados de su cabello se meneaban sinuosos al compás de la música imaginaría, revolviéndose contra sus pálidos hombros. A través de una ventana penetraba un tímido rayo de sol que arrullaba su cuerpo tornándolo de un tono melifluo. Le encantaba esa sensación de calor inundándola allá donde el sol la tocaba. Notó una mano ascendiendo por su pierna, rozando su rodilla y se rió con una cascada de pompas argénteas recorriéndole la garganta. Una amplia sonrisa iluminó sus labios carmesíes. Con delicadeza apartó la pierna de la mano captora, pero ésta se agarró más fuerte haciéndole caer. Con una exclamación ahogada, Natalia se dejó tirar encima del regazo de su espectador y se echó a reír. Notó cómo la mano ajena ascendía por dentro de su camisa y se mordió el labio. Sentía cómo un volcán estallaba en su alma, se sentía caer siendo ella gravedad, se sentía dueña de su futuro y su pasado. Se sentía feliz. Tal era el cúmulo de sensaciones que no se había dado cuenta de que había empezado a susurrar estúpidas palabras de amor.
-Hostias, Natalia, ¿por qué no vamos a joder los amortiguadores de mi coche un rato?-dijo él mientras la elevaba en volandas.
Natalia rió y dejó que las estrellas que sentía en su interior inundasen las cuatro paredes que dejaban atrás.