martes, 8 de junio de 2010

Salió a correr. La sudadera gris no impedía que las gotas de agua la calasen hasta el corazón. Cuando corría se sentía libre, aislada de todo mal, pero hoy no. Su respiración aumentaba a medida que sus pies echaban a correr más rápido. Sintió una punzada de dolor en el costado y notó cómo las lágrimas recorrían sus mejillas. Se quedó sin aire. Necesitaba respirar. Se dejó caer de rodillas contra el frío asfalto. Sentía un millón de cristales arañándole la garganta intentando arrancarle un suspiro desesperado o una lamentación amarga. La lluvia le lamía la ira a lametones, apaciguándola cual mar en calma. Dio con las manos en el suelo y tras pasar un rato notó cómo le ardían. Comenzó a respirar con más fuerza. Un diminuto –casi inexistente– reguero de sangre tornó de su mano entremezclándose con la paulatina lluvia. Rojo sobre gris. Quién diría que el color que llenaría hoy su vida sería el de su propia sangre. Suspiró, recuperando poco a poco la respiración, sintiéndose calmada mas sus ojos rebosaban aún su propia lluvia. El corazón le seguía doliendo impasivo. Con cada latido, un nuevo recuerdo le abría una brecha en el corazón. Con cada respiración, sus manos temblaban. Con cada pensamiento, temía hacerse pedazos. Libertad se sentía enjaulada, presa de sus propios sentimientos.

1 comentario:

  1. «Libertad se sentía enjaulada»... me encanta. Es que ya no sé qué decirte que no te haya dicho... es que, es así, dejas siempre la historia ahí en un punto que puede ocurrir lo que sea... y no sé, es guay, porque si fuera más largo aburriría... pero así es molón :)

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