jueves, 10 de junio de 2010
Cruzó la puerta del local y una bocanada de aire fresco le dio de lleno en la cara. Sonrió al escuchar la campanilla de la puerta cerrarse y avanzó con aire dulce hasta el mostrador. Se dedicó a contemplar un rato los helados con gesto pensativo auqnue ya sabía de antemano qué iba a pedir. Se mordió el labio y sonrió a la dependienta diciéndole lo que deseaba. Cogió la tarrina con las dos manos, acunándola como si fuera un niño chico, y se dirigió hasta una mesa pegada a la cristalera. Se sentó y comenzó a mirar a la gente por la ventana, viéndola pasar mientras revoloteaba sus dedos sobre el helado, jugando con el frío que despedía. Apoyó la mejilla en la mano y se dedicó a imaginar las vidas de la gente que pasaba. Todas insulsas y vacías. Ya le podría pasar algo interesante, jo. Resopló y miró el dulce de leche que yacía en el cuenco de cartón. Colmó la cucharilla de helado y sopló antes de introducirlo en su boca. Era una estúpida manía que tenía desde que era niña, le gustaba hacerlo por alguna extraña razón y lo mejor era que no sabía por qué. Mientras el helado reposaba derritiéndose en su boca, su mente reposaba en las largas piernas de un chaval que cruzaba la carretera. Su mirada se detenía de hito en hito en el cuerpo del muchacho hasta que sus miradas chocaron. Ella dejó caer la cuchara sobre la mesa y él dejó caer su corazón hasta sus pies. Se dice, que aquel día, hubo un diluvio universal.
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